Mostrando entradas con la etiqueta manuscrito de cuernavilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manuscrito de cuernavilla. Mostrar todas las entradas

5.8.07

Manuscrito encontrado en Cuernavilla (y 4)

Ésta es la parte final (al fin) del relato iniciado en Manuscrito encontrado en Cuernavilla, continuado en Manuscrito encontrado en Cuernavilla (2) y recontinuado en Manuscrito encontrado en Cuernavilla (3).

La pensión era pequeña pero acogedora. El plato del día se dejaba comer, y la cerveza había sido bendecida por un mago dipsómano. Cuando Peleorn y Lagávulin decidieron compartir una habitación de un solo lecho, ya nadie se sorprendió. Y cuando los dos se pusieron a compartir el lecho (cuyo reducido espacio les llevó a desprenderse de todas sus vestiduras, espada incluida), y les dio por practicar lo que mejor sabían hacer estando completamente desarmados, tampoco se sorprendió nadie.

Ni siquiera se sorprendieron cuando el hobbit derribó la puerta.

—Ya está bien —dijo Lagavulin, debatiéndose entre el placer y el fastidio—, ¿no ves que estamos intentando tener una relación sexual satisfactoria?
—Eso —aportó Peleorn.
—¡Tú te callas! —gritó Terry.
—Eso —dijo Lagávulin.
—Y tú también —dijo el hobbit—. ¿No habéis tenido bastante? Porque yo sí: yo ya he tenido bastante. Y ahora mismo vais a dejar de poneros a jugar como dos críos, que eso es lo que sois, dos niñatos de mierda que sólo pensáis en

Aquí hay un verbo de difícil traducción que hace referencia al acto sexual.

sin importaros los sentimientos de los demás. Ya está bien. ¡Si es que así no se puede!
—Venga… —dijo el montaraz—. No te pongas así. ¿No ves que lo hacemos para divertirnos?
—¡Eso! ¡Eso es lo que pasa! Que sólo pensáis en divertiros… ¡Eso es lo único que os importa!

De repente, Peleorn tuvo una idea. ¿No sería que…?

—¿Estás celoso?
—¡No! —gritó Terry.
—Estás celoso.
—No lo estoy.
—Sí que lo estás.
—Que no lo estoy. No estoy celoso. ¿Entendido?
—Entonces no te importará que sigamos con lo nuestro… Si quieres, puedes mirar.
—¡Eeeh! —gritaron Terry y Lagávulin, al unísono.
—¿Pero qué os pasa? ¡Si es sólo sexo! Además, acabo en dos minutos, salgo a fumar y charláis de lo que os apetezca.

Aquel comentario no le sentó nada bien a la elfa.

—¿Y si acabáis ya? —sugirió el hobbit—. Para siempre, quiero decir.
—¿Pero qué mosca te ha picado? —saltó Lagávulin—. ¿Quién te crees que eres para decirnos lo que tenemos que hacer?
—Tu novio —respondió Terry.
—¿Y eso te da derecho a darme órdenes? ¡Pero si no levantas un palmo del suelo!
—¿Y…?
—¿Cómo que “y…”? Que tú no me dices lo que tengo que hacer, porque me voy a acostar con quien yo quiera. ¿Lo has entendido?
—¿Y si yo no quiero? —preguntó Terry.
—Me da igual. Porque yo sí que quiero. Y siempre que quiera acostarme con Peleorn lo haré, tanto si quieres como si no.
—¿Y si él no quiere? —volvió a preguntar el hobbit.
—Eso. ¿Y si yo no quiero?
—Tú te callas. ¿No ves que estoy discutiendo con mi novio?
—Ya, pero…
—Que te calles —replicó la elfa. Y dirigiéndose nuevamente a Terry, añadió—: A ver, ¿cómo te lo voy a decir? Tú me gustas, y estás muy mono y todo eso… pero ahora de lo que se trata es de divertirse, ¿no? Y me estaba divirtiendo mucho hasta que llegaste tú. ¿No te había dicho que no puedes ir tirando puertas como si tal cosa?
—Sí que puedo. Mira, si no…
—No puedes. Sólo eres un hobbit, y los hobbits no hacen esas cosas. Además, ¿dónde está tu arma?
—Eso —dijo Peleorn—. No puedes echar abajo una puerta sin ningún tipo de arma. Un conocido de mi primo, el de la espada rota, intentó derribar una de una patada, perdió el equilibrio y se partió la cabeza.
—¿Y…?
—¡Y se murió, claro! Y no te estoy hablando de un hobbit, sino de un montaraz hecho y derecho.
—Yo también había oído esa historia —dijo Lagávulin—. Pero tenía entendido que había sido un elfo…
—¿Veis? —dijo el hobbit—. No es más que una leyenda urbana, como la de los dragones albinos del Valle.

Se produjo un breve silencio, abreviado por la elfa:

—Nos estamos desviando del asunto. No puedes tumbar puertas sin más. ¡Eres un hobbit! ¡Si hasta los enanos te llaman enano!
—Me parece que me estás subestimando —observó Terry, con gran aplomo—. ¿Qué te parecería si ahora hiciera aparecer al Balrog de Moria?
—Por mí perfecto —dijo Peleorn.
—No estoy hablando contigo —dijo el hobbit—. ¿Y bien? ¿Qué me dices?
—Que no puedes —contestó Lagávulin—. Por tres razones. La primera: el Balrog está en Moria. La segunda: el Balrog está en Moria y seguirá en Moria hasta dentro de unos años; está escrito, y no podemos cambiar lo escrito. Y la tercera razón: el Balrog está en Moria y seguirá estando en Moria hasta dentro de unos años, y tú no eres más que un pobre hobbit, un hobbit insignificante que ni siquiera es capaz de invocar una mariposa.

Peleorn tampoco estaba capacitado para invocar mariposas, pero se abstuvo de comentarlo.

—¿Te juegas algo? —preguntó Terry.
—No me juego nada —respondió la elfa.
—Pues es una lástima, porque habrías perdido. Mira a tu espalda.

Cuando se giraron, vieron el demonio ominoso con espada flamígera y látigo de varias colas…

—Ya está bien —dijo Lagávulin, con voz cansada—. Me retiro.
—Venga ya… —dijo Terry—. Ahora que se ponía interesante…
—Eso —contribuyó Peleorn, que ya empuñaba la espada.
—Haced lo que queráis, pero yo ya no juego más. Me voy a casa.

* * *


El resto de jugadores ya hacía rato que se había ido a sus casas. Todos menos Víctor, el hermano de Héctor, que vivía allí. En aquel momento estaba en el comedor viendo un deuvedé de Babylon 5.

—Ya está bien —dijo Sandra, con voz cansada—. Me retiro.
—Venga ya… —dijo Héctor—. Ahora que se ponía interesante…
—Eso —contribuyó Montse, que ya había cogido los dados.
—Haced lo que queráis, pero yo ya no juego más. Me voy a casa.
—Vale, vete —dijo Montse—. Pero mañana seguimos. Además, tienen que estar todos… Si no, ¿cómo vamos a cargarnos al Balrog?

No se lo podía creer. ¡Un Balrog! Montse no sabía si sería capaz de aguardar tanto tiempo… Si es que Héctor era un maestro a la hora de mantener el suspense. Lástima que no estuvieran los demás. ¡Lo que habría dado por ver sus caras cuando apareció el Balrog! Una lástima, pero alguna ventaja debía tener quedarse hasta tan tarde, ¿no? Claro, que a los otros no les interesaban lo más mínimo los devaneos sexuales que mantenían Peleorn y Lagávulin. En realidad, ella misma ya empezaba a estar un poco cansada. En cambio, Sandra parecía disfrutar tanto o más que el primer día. Montse había llegado a pensar que tal vez Héctor no era lo bastante…, en fin, quizás era lo normal. Él estaba demasiado obsesionado con las partidas, con prepararlas al milímetro: las aventuras estaban construidas con tanto esmero que acababas por creértelas, como si fuera la vida real. Y en la vida real los personajes tienen necesidades reales, ¿no? ¿Por qué no iba a poder, entonces, mantener relaciones con Lagávulin?

Cuando Sandra se despidió de Montse, lo hizo como si algo que nunca existió se hubiera perdido para siempre.

Se acabó.

11.1.07

Manuscrito encontrado en Cuernavilla (3)

Continuación de Manuscrito encontrado en Cuernavilla (2), continuacióna a su vez de Manuscrito encontrado en Cuernavilla:

Pero al día siguiente nadie habló del asunto. Peleorn y Lagávulin tampoco hablaron entre ellos, al margen de cuestiones estrictamente operativas. Las causas de aquel silencio eran, principalmente, dos.

La primera: aquélla fue una jornada extraordinariamente agotadora, mucho más que la precedente. Desde que, de buena mañana, abandonaran El lechón volador (tras pagar por el alojamiento, la cena, las cervezas y la puerta), se las habían tenido que ver con un sinfín de peligros y contratiempos. Y todo, o casi, porque Peleorn se había dejado olvidadas las grebas de Minas Fornost en alguno de los últimos catorce túmulos que habían profanado. Más jabalíes que cazar, más hobbits que salvar, más bandidos que degollar, más orcos que masacrar, y catorce tumularios resentidos y en absoluto dispuestos a que sus moradas fuesen profanadas de nuevo. Y aunque éstos no eran unos espíritus muy memoriosos, aquél era un grupo muy difícil de olvidar: Peleorn, un montaraz alto y sumamente torpe; Lagávulin, una elfa Sinda hermosa y diestra con el arco; Terry, un hobbit feo; Cornelian, un mago afable y escrupuloso; Aidigoras, un elfo silvano y cleptómano; Dwarni, un enano con muy malas pulgas; y Beornulf, un Beórnida casi siempre soñoliento por culpa de las noches que se pasaba correteando bajo forma osuna. Y lo más difícil de olvidar de aquel grupo eran sus monturas: siete ponys, dos de ellos de carga, y dos corceles de Rohan, cabalgados éstos por el hobbit y el enano. Y si la jornada fue más agotadora que de costumbre, lo fue sobre todo para Peleorn y Lagávulin. Ellos eran demasiado escépticos (todo lo escépticos que se puede ser en un mundo donde la magia está a la orden del día) para creer que era cosa del destino, pero tantas coincidencias juntas no podían atribuirse al azar. Un ejemplo: a media mañana el grupo entero se había cruzado con una partida de diecinueve orcos y éstos se habían limitado a atacar a la elfa y el montaraz. Afortunadamente, al resto del grupo no le sentó nada bien aquel despecho y dieron buena cuenta de los orcos. Y, como ésta, se sucedieron otras situaciones inusitadas.

La segunda (causa por la que Peleorn y Lagávulin apenas se hablaron a lo largo de aquel día): a ninguno de los dos le apetecía lo más mínimo iniciar una conversación, porque sabían que tarde o temprano iba a desembocar en lo sucedido la noche anterior y su fatal desenlace (no para él, que se quedó bien satisfecho). Y aunque Lagávulin había asegurado que no tenía importancia, ambos eran conscientes de que sí la tenía.

Al final, recuperaron las grebas. Las encontraron después de profanar la decimocuarta tumba, cuando las últimas luces de la tarde se reflejaron sobre las piezas de bronce que un Dúnadan olvidadizo se había dejado en un repecho del túmulo.

* * *


La noche se les echó encima con su negrura ineludible. Se refugiaron en un cobertizo presuntamente abandonado, en la linde de un bosquecillo. No tardaron en caer rendidos, uno tras otro.

Peleorn llevaba dormido bastante rato, o bastante poco, cuando algo peludo le pasó rozando. Aferró la empuñadura de la espada pero, cuando logró distinguirlo, el oso ya estaba demasiado lejos.

El montaraz se giró para cambiar de postura, y su nariz se rozó con la de la elfa. Lagávulin le tapó la boca rápidamente, sin darle tiempo a gritar ante la sorpresa de encontrársela nuevamente desnuda y aparentemente dispuesta a acostarse con él. Aunque, técnicamente, ya estaba acostada con él.

El resto era sexo.

* * *


Aquella noche estuvo mejor.

* * *


Y la siguiente.

* * *


Y la otra.

Fin de la tercera y penúltima parte.

A propósito de hobbits, ¿qué tienen en común Bilbo Bolsón y Mr. Spock, orejas puntiagudas aparte?

La respuesta, a continuación. Adelante, vídeo:

18.12.06

Manuscrito encontrado en Cuernavilla (2)

Segundo fragmento del Manuscrito, tan controvertido que los eruditos aún no se han puesto de acuerdo sobre el contenido de su entrada en la Wikipedia.

En situaciones normales (el típico enfrentamiento con un ejército de tumularios, por ejemplo), Peleorn ya habría logrado desenvainar su espada y la habría clavado sobre su adversario. Pero aquella situación distaba leguas de ser normal: se hallaba tendido en el suelo, con la dama que amaba presionándole con su cuerpo desnudo. Ahora sentía que no era su espada lo que estaba a punto de desenvainarse. Ella también lo sentía. Y Peleorn no podía hacer nada: era un pelele al extremo de un artefacto indomable.

Sí, soy consciente de que esto ya lo había publicado. Pero era para refrescar un poco la memoria. La mía, al menos.

—Mira que si te llegas a ir… —dijo Lagávulin. El Dúnadan tardó en descifrar el sentido de aquellas palabras; palabras crípticas que no habría logrado desentrañar, tal vez, sin la ayuda que le proporcionaron los frescos labios de la elfa, al fundirse con los suyos en un beso inefable y caprichoso. Sentía cómo eones de tiempo irrecuperable se daban cita por un instante fugaz para el resto de la eternidad.
—¡

Aquí hay una palabra irreproducible (como la palabra irreproducible, tal vez).

! —exclamó el montaraz cuando la daga le hizo un tajo en el cuello—. ¿Pero qué

Y aquí, una palabra ininteligible (no confundir con inteligible, que es justo lo contrario).

haces?
—Lo siento —dijo la elfa. Lo podía haber matado, pero aquella débil disculpa era totalmente innecesaria: él ya la había perdonado, y ella lo sabía. Porque hasta los elfos cometían pifias, de vez en cuando.
—Perdóname tú a mí, no debía haber…
—Pssst… Mejor me lo cuentas en la cama.

Sin embargo, una vez allí, no se lo contó. Tampoco había nada que contar. Sólo mucho por hacer.

Con más voluntad que destreza, Peleorn se estaba despojando de las ropas (las botas altas, el manto sucio…), mientras Lagávulin le quitaba el talabarte del que pendía la espada, y Peleorn le decía que por favor no lo hiciera, y Lagávulin que por qué, y Peleorn que nunca se lo quitaba, ni para dormir, y Lagávulin (pícara) que no iban a dormir, y Peleorn ya estaba a punto de ceder ante aquel argumento irrefutable cuando ella se hizo un corte en la palma de la mano.

—¡Me

Esto aparece cubierto con ese mejunje blanco que los elfos de Rivendel denominan típex.

en Manwë! —blasfemó el montaraz. Y se apresuró a añadir, más pragmático—: No te muevas, voy a buscar algo para vendarlo.
—No hace falta —dijo ella con una sonrisa cansada.
—¿Cómo que no? Se puede infectar…
—¿Infectar? ¿Tú que sabes de infecciones? —Y, tras una breve pausa, prosiguió—: ¿No me vas a montar, montaraz?

Ejem. No sabéis cómo me alegro de no haberlo escrito yo.

Y como la respuesta era más que evidente, Peleorn decidió obviar lo obvio y pasar a la acción.

—¡Espera! —exclamó la elfa.
—¿Qué sucede?
—Creo que deberíamos atrancar la puerta. —Y añadió, con ironía—: No me gustaría tener más visitas inesperadas.
—Déjame. Ya cierro yo.

Tras atrancar la puerta, el Dúnadan volvió al lecho.

—¿No esperarías alguna visita? Porque me sabría mal haberte cambiado los planes…
—Ahora que lo dices, había invitado a un mago y una docena de enanos a tomar el té.
—¿A estas horas?

Si Lagávulin tenía alguna respuesta preparada, se la guardó para cuando su lengua dejara de estar ocupada en… Se produjo un ruido. Era el típico ruido que hace una puerta atrancada cuando, a pesar de la tranca, cae al suelo.

¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¿Qué

Aquí pone cojones, pero no me parece decoroso incluirlo.

os habéis creído que es esto?

El que así gritaba era un ser bastante peludo (sobre todo los pies), cuyo aspecto fiero y temible a la luz de la luna era desmentido por su metro escaso de estatura.

—¿Se puede saber qué haces tú? —gritó a su vez Lagávulin.
—¿Cómo que qué…? —titubeó Terry del Brandivino. Saltaba a la vista que no se había esperado aquella reacción por parte de la elfa.
—¡Eres un hobbit, por el amor de Ilúvatar!
—Eso —aportó Peleorn, medio recuperado del susto—. No puedes ir por ahí derribando puertas, máxime cuando están atrancadas con tranca y todo.
—Ya, pero…
—No hay peros que valgan —lo atajó la elfa—. Ya estás volviendo a tu habitación y metiéndote en tu camita.

El hobbit se retiró cabizbajo, pasando por encima de una puerta siete veces más pesada que él. Lagávulin añadió:

—Y ya hablaremos mañana.

Fin de la segunda parte.

11.12.06

Manuscrito encontrado en Cuernavilla

Como no me apetece escribir, voy a transcribir un fragmento del controvertido Manuscrito encontrado en Cuernavilla, más conocido en círculos académicos como El hobbit de Avellaneda. Concretamente, el inicio del capítulo “Sexo en la Tercera Edad” (título engañoso donde los haya).

Había sido una jornada agotadora, y ya se habían retirado todos los compañeros menos uno: sentado en el rincón más oscuro del comedor, apuraba la última jarra de cerveza. “Seguramente”, no dejaba de repetirse, “la cerveza más mala de toda la Tierra Media”. En realidad, era la mejor cerveza de todo Bree, pero Peleorn odiaba la cerveza. La bebía porque formaba parte de su papel, como las botas altas, la espada larga, el manto sucio, el cuerpo fornido, la piel atezada y el carácter adusto de los montaraces del Norte. Sólo empezaba a disfrutar su sabor amargo a partir de la vigésima jarra, más o menos, y aquella noche apenas había bebido diecisiete. Pero ya no podía más. Había sido una jornada agotadora, y lo último que le apetecía era emborracharse. Lejos quedaban ya las legendarias cogorzas que agarrara junto a su primo Trancos, alguna de ellas en aquella misma posada. Tan lejos quedaban que ya no había nadie en El lechón volador que las recordara. Aunque, a decir verdad, los parroquianos que seguían en pie ni siquiera se hallaban en condiciones de recordar el nombre de su propia madre. Había sido una jornada agotadora.

Tal vez os preguntéis cómo es posible que yo tenga el manuscrito.

Cuando llevas todo el día cazando jabalíes, salvando hobbits, evacuando aldeas, buscando escudos mágicos, encontrando tres de las siete gemas de Dorfalas, perdiendo las grebas de Minas Fornost, degollando bandidos, masacrando orcos, profanando túmulos, saqueando mazmorras, incendiando bosquecillos y teniendo decenas de encontronazos con los esbirros del mago Mordraug, la única cosa que te apetece es echar un

Aquí hay una palabra ilegible.

. Al menos, en el caso de Peleorn. Sin embargo, lo único mínimamente

Y aquí hay otra.

en aquel antro era la hija del posadero, un adefesio pestilente cuya mera presencia justificaba la primera parte del nombre de la posada. Y aunque Peleorn no era lo que se dice un hombre de gustos refinados, en aquel momento aspiraba a algo más… algo así como Lagávulin. Era una idea descabellada, por supuesto, pero Peleorn era un Dúnadan enamorado. Un Dúnadan que se levantó de golpe, provocando un sobresalto en aquellos de los presentes que aún no habían perdido completamente la noción del mundo. Se encaminó dando zancadas hacia la habitación; la compartía con Dwarni y Beornulf, que ya debían de estar durmiendo a pierna suelta. “Mejor”, pensó. “No me gusta

Aquí hay una cosa que parece un verbo, pero no puedo asegurarlo.

en público.”

Al pasar frente a la puerta de Lagávulin, se detuvo. “Es una pena que tenga que dormir sola”, meditó. Y un despilfarro, si se tenía en cuenta el precio de las habitaciones. Pero a Peleorn el dinero le traía sin cuidado, sobre todo después de haber rescatado el tesoro perdido de Nueva Númenor del Norte. Muy despacio, y reuniendo todo su valor (que no era poco, de modo que tardó un buen rato en reunirlo), abrió la puerta.

Muy despacio.

La luna llena se filtraba por las raídas cortinas de arpillera, tiñendo de un matiz lechoso el torso desnudo de la elfa. Peleorn tragó saliva, la cual se le clavaba como mil agujas en la garganta. Nunca se había sentido tan rudo, contemplando clandestinamente el busto perfecto de una Sinda mientras su

Un conjunto de signos indescifrables.

se ponía más

Esto está escrito en caracteres ígneos. Para leerlos, debería quemar el manuscrito.

que la espada de Isildur. En vano trataba de recordarse que él también tenía sangre élfica, que era descendiente ni más ni menos que de Lúthien. En aquel momento se sentía más sucio que el troll que había intentado numenorizarlo hacía un par de semanas, a pesar de que ni siquiera se le había pasado por la cabeza aprovecharse de Lagávulin mientras estuviese dormida. Permaneció así un tiempo indefinido, petrificado como el mismo troll instantes después, tratando por todos los medios de sustraerse al hechizo de la elfa. Finalmente, consiguió cerrar los ojos, apretarlos con firmeza, dar media vuelta, caminar hacia la puerta y chocar contra la pared. Peleorn cayó al suelo, cuan largo era, maldiciéndose en silencio por la pifia.

Afortunadamente, había hecho menos ruido del que cabía esperar; pero, desafortunadamente, había conseguido despertar a Lagávulin. La elfa hizo gala de unos reflejos que no desmerecían a su raza, y en un abrir y cerrar de ojos había cruzado la habitación con una daga que ahora acariciaba la yugular de Peleorn.

Quizás os sigáis preguntando cómo puede ser que yo tenga el manuscrito.

—¿No te contó tu abuela que los elfos no dormimos?
—También me dijo que los niños vienen de Minas Tirith.

En situaciones normales (el típico enfrentamiento con un ejército de tumularios, por ejemplo), Peleorn ya habría logrado desenvainar su espada y la habría clavado en su adversario. Pero aquella situación distaba leguas de ser normal: se hallaba tendido en el suelo, con la dama que amaba presionándole con su cuerpo desnudo. Ahora sentía que no era su espada lo que estaba a punto de desenvainarse. Ella también lo sentía. Y Peleorn no podía hacer nada: era un pelele al extremo de un artefacto indomable.

La pregunta no es cómo continuará. La pregunta es: ¿Cómo? ¿Continuará?