A los pobladores de esa cosa llamada España (aunque no se descartan otros sitios del hemisferio norteño) el pasado fin de semana nos regalaron una hora. Bueno, más que regalar, nos devolvieron la que nos habían quitado en el primer semestre.
Pero miento: a mí no. Por aquel entonces yo estaba en América del Sur y no me quitaron ninguna hora; al contrario: me dieron otra. Entonces, ¿le llevo dos horas de ventaja al resto de la humanidad? ¿Nadie me las va a reclamar? ¿He viajado en el tiempo? Eso parece.
Sucedió a finales de febrero. (ATENCIÓN: BATALLITA.) Camila y yo acabábamos de madrugar en exceso para tomar un avión de São Paulo a Buenos Aires. He escrito "en exceso" por una sencilla razón: no nos habíamos enterado del cambio horario (en mi caso es comprensible, pues era un guiri y los guiris no se enteran de nada). Afortunadamente, nos daban una hora; si nos la hubieran quitado, lo más probable es que hubiésemos perdido el avión.
(De hecho, creo que en otro país nos volvieron a propinar una hora de propina, pero no estoy seguro.)
Conclusión: Los viajes en el tiempo son una pérdida de tiempo.
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30.10.07
30.1.07
¿Por quién doblan el precio de los mojitos?
My mojito in La Bodeguita,
my daiquiri in El Floridita.
Estas palabras no pasarán a la historia de la redacción publicitaria. Mucho menos a la historia de la lírica. O no deberían. Sin embargo, están firmadas por Ernest Hemingway. Y eso hace mucho.
Para empezar, la firma Hemingway es a la hostelería (y al turismo) algo así como las estrellas Michelín, con la ventaja de que no te la pueden quitar. Lo cual es una grandísima ventaja.
Porque yo no sé cuán maravillosos eran los mojitos que servían en La Bodeguita del Medio en los tiempos del ínclito escritor. Pero yo he probado, en otros bares de La Habana, mojitos mejores, más baratos y servidos por camareros menos bordes. Claro, que no pueden presumir de tener una estrella Hemingway (pronúnciese Jemingüey).
De todos modos, La B del M es un sitio que hay que visitar. Aunque sólo sea para fotografiar los grafitis que anegan su interior. Algunos de ellos, con firmas tan ilustres como las de… bueno, de gente ilustre.


Pero desengañaos: ni llamando a Paco el Pocero para que recalifique las paredes os va a ser fácil añadir una sola palabra. A no ser que os deis una vuelta por el servicio. En ese nolugar, sede por antonomasia del grafitismo mundial, si os apetece leer algo lo mejor será que os llevéis un buen libro. El viejo y el mar, por ejemplo.
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