17.12.14

'Mad Men', quiero ser artista*

Sterling Cooper tiene más intelectuales y artistas fracasados que el Tercer Reich.
DON DRAPER

Nueva York, años 60. Ken Cosgrove trabaja en una agencia de publicidad y en su tiempo libre escribe cuentos y novelas. Hasta aquí, todo normal. Lo raro es que algunos de estos cuentos y novelas han llegado a publicarse. Más raro aún es que Cosgrove no trabaja de creativo. No escribe anuncios. No diseña anuncios. Cosgrove es un ejecutivo de cuentas. Desde el punto de vista creativo, ser ejecutivo tiene una gran ventaja: es un empleo que no interfiere en sus inquietudes artísticas. No las desgasta, por así decirlo, y cuando vuelve a casa su imaginación sigue intacta, fresca y a punto para acometer un nuevo capítulo. Pero no nos engañemos: un ejecutivo de cuentas no es un oficinista al uso. No es un funcionario. No es Franz Kafka en horario laboral. El trabajo de Ken Cosgrove tal vez no erosione su hemisferio cerebral derecho, pero aun así entraña riesgos físicos; incluso podría costarle un ojo (ojo: espóiler) de la cara.



En el país de los ciegos, el tuerto (guiño) es el rey. La carrera literaria de Cosgrove provoca envidias entre los creativos de Sterling Cooper, la agencia de publicidad donde trabaja: «No sabía que estaba compitiendo contigo», le suelta el redactor Paul Kinsey. Aunque quien más envidia le profesa es su compañero de departamento, el ejecutivo Pete Campbell, un catacaldos que bien podría hacer suyo el eslogan «Culo veo, culo quiero». Todo el mundo quiere ser escritor. Todo el mundo quiere ser artista. Y a todos los niveles de la cadena de mando: no se libra ni el veterano director creativo Lou Avery, quien todavía sueña con hacer carrera en el mundo de la historieta. Su tira cómica inédita se convertirá en blanco de las burlas de los publicitarios más jóvenes; unas burlas que en realidad son la proyección de los propios fracasos. De todos modos, Lou Avery nunca será Tex Avery. (Y el redactor Michael Ginsberg nunca será Allen Ginsberg, aunque acabe de figurante en el primer verso de Howl: «Vi a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura».)

En palabras de Roger Sterling, socio fundador de la agencia: «En el último cajón de cada escritorio de este lugar se guardan las primeras diez páginas de una novela.» Esta afirmación no es del todo cierta: el cajón de Paul Kinsey no encierra una novela, sino una obra de teatro titulada La muerte es mi cliente

Ya lo decía Un Pingüino en mi Ascensor (aventura musical de José Luis Moro, uno de los creativos más creativos de España): «No hay nada más frustrante que hacer anuncios de suavizante.» Yo aún diría más: «No hay nada más frustrante que hacer anuncios.» Las causas son varias. Por un lado, las mejores ideas suelen quedarse en el cajón, justo encima de esa novela apenas empezada. Por otro lado, cuando una buena idea logra superar una carrera de obstáculos que haría palidecer las pruebas de Humor amarillo, ¿cuál es el resultado? Un anuncio de veinte segundos que casi nadie sabrá que has escrito tú, porque no va firmado. Publicitarios: por sus obras no los conoceréis.

Cuando el talento que uno tiene (o cree tener) no es reconocido, surge la insatisfacción, o la búsqueda de satisfacción por otros medios. Pero ¿qué sucede cuando sí existe ese reconocimiento? Entonces aparece la sensación de que se trata de un reconocimiento inmerecido. Es el síndrome del impostor. A la Wikipedia me remito: «A pesar de las evidencias externas de su competencia, aquellos con el síndrome permanecen convencidos de que son un fraude y no merecen el éxito que han conseguido. Las pruebas de éxito son rechazadas como pura suerte, coincidencia o como el resultado de hacer pensar a otros que son más inteligentes y competentes de lo que ellos creen ser.»


Don Draper es el síndrome del impostor llevado al extremo. El director creativo estrella de Sterling Cooper no guarda una novela en el cajón: él esconde un cadáver en el mueble bar. En su caso lo que permanece oculto no es la obra, sino el autor. La obra es una ficción llamada Don Draper, y su autor es un tal Dick Whitman (como en la ficción cuyo nombre es Don Quijote, obra de Alonso Quijano). Don Draper es un anuncio y, como sucede con todos los anuncios, no lleva la firma de su creador. Porque los publicitarios se enfrentan al anonimato, también en las distancias cortas, que es donde un hombre se la juega. Y Dick Whitman, el soldado desconocido con apellido de poeta (como Ginsberg), se la juega continuamente. «¿Draper? ¿Alguien sabe algo de este tipo?», se pregunta Harry Crane, planificador de medios. «Podría ser Batman, por lo que sabemos.» Y su esposa Betty podría ser la Samantha de Embrujada, pero ésa es otra historia.

Otra creación oculta, y nada ficticia, es el bebé de Peggy Olson. Igual que Dick Whitman, la joven redactora ha escogido reinventarse a cualquier precio, y este precio incluye ignorar su maternidad para medrar en un mundo masculino. Es el sueño americano de toda la vida. Como afirma Bert Cooper, el otro fundador de la agencia: «Este país ha sido construido y gobernado por hombres con historias peores de lo que usted pueda imaginarse.» Aunque se refiere a Estados Unidos, la sentencia también es válida para otros países.

No sería justo concluir un texto sobre el anonimato creativo sin nombrar a un solo guionista. Por ejemplo, a Matthew Weiner. De él cuenta Brett Martin en su libro Hombres fuera de serie (Difficult Men) que durante largos años iba con el piloto de Mad Men en el maletín (no me refiero a Ted Chaough, aviador de la serie, sino al guión del primer capítulo). De hecho, gracias a este guión Weiner consiguió un trabajo en Los Soprano. Y gracias a trabajar en la mítica serie de la HBO logró vendérselo a la cadena AMC. (La HBO lo rechazó, pese a la recomendación expresa del mismísimo David Chase.) «Todo el mundo fuma. Son desagradables. Va del mundo de la publicidad, eso no tiene un valor internacional. Es lenta. Es de época. Es la peor idea posible», dijo un mandamás de la AMC. No creían en ella, pero pensaron que tenía posibilidades de ganar un Emmy. Y la hicieron. La hicieron, como los creativos publicitarios que de vez en cuando hacen truchos: anuncios sin más objetivo que reportarles premios y reconocimiento en un mundillo de gente poco conocida.

* Este texto fue publicado originalmente en Miradas de cine.

28.5.14

Quiero

Hace unas semanas, desde el programa Tot és comèdia de Cadena SER Catalunya me pidieron una pequeña colaboración para su sección "Vull". Debía escribir (y leer) unos versos inspirados en el poema "Quiero todo esto" de José Agustín Goytisolo.

Este es el resultado:
Quiero que ser autónomo no pase factura
Quiero que no me tiemble la voz al hablar por la radio
Quiero escribir solo sin tilde sólo cuando no es solamente
Quiero tener un millón, pero no de amigos
Quiero que el abrefácil haga honor a su nombre
Quiero que el cierre relámpago haga honor a su nombre
Quiero críticos más autocríticos
Quiero que las películas dobladas se estrenen con un mes de retraso respecto a sus versiones originales
Quiero que devuelvan la estación de Sants a los pasajeros de Rodalies
Quiero que el metro de Barcelona circule durante toda la noche, todas las noches
Quiero pasar la ITV
Quiero que Grecia registre la marca Europa
Quiero que Paquirrín gane el Premio Cervantes
Quiero que se capte la ironía
Quiero encontrar las bolas de dragón
Quiero que aparezca el dragón, y decirle:
Quiero pedir el comodín de la llamada
Quiero ver como explota la burbuja de los programas de cocina
Quiero un teatro público menos necrófilo
Quiero que los creativos publicitarios cobren derechos de autor
Quiero plagiar un verso de Joaquín Sabina
Quiero que gane el quiero la guerra del puedo
Quiero escuchar la versión original de “Private dancer”, grabada por los Dire Straits
Quiero que la palabra desahucio caiga en desuso
Quiero saber silbar
Quiero que todos los actores cobren por ensayar
Quiero que todos los trabajadores cobren por trabajar
Quiero que los evasores fiscales se evadan a Marte, y que no vuelvan
Quiero que emplumen a los que nos despluman
Quiero que la palabra crisis en japonés quiera decir peligro y putada
Quiero que Twitter no quiera ser Facebook
Quiero hacer una red social cuya pregunta de cabecera sea “Què t'empatolles?”
Quiero salir a correr sin que me llamen runner
Quiero que todos los libros de autoayuda prediquen con el ejemplo y estén autoeditados
Quiero ser artista
Quiero cinco minutos más


30.4.14

Infecte



Hace unos años se me ocurrió una historia. Quería ser el capítulo autoconclusivo de una serie de terror. Ha acabado siendo una comedia. Una comedia de terror.

Esta es la sinopsis:

Hay muchas clases de virus. Algunos están compuestos por proteínas y ácidos nucleicos. Otros, por códigos informáticos. También los hay más complejos: se llaman personas. Personas como Víctor, que ha invadido el piso de Martí, se ha adueñado de su ordenador y ha seducido a Sandra, su ex.

Ya sólo falta que Víctor contraiga un virus informático para que la infección sea absoluta y devastadora.



La obra se estrenó el pasado 3 de abril en el Versus Teatre de Barcelona, y estará en cartel hasta este domingo. La dirige Iban Beltran (director también de Pep Talk, que acabamos de reestrenar en La Seca Espai Brossa) y está interpretada por seis actores y actrices de Batalla Teatre, joven y talentosa compañía de teatro contemporáneo.



TEXTO: Alberto Ramos
DIRECCIÓN: Iban Beltran
INTÉRPRETES: Rocío Arbona (Leo), Rafa Delacroix (Víctor), Georgina Latre (Noia), Dani Ledesma (Martí), Clara Moliné Xirgu (Sandra), Cristina Serrano (Tecla); covers: Laia Alberch y Anna Pardos
ESCENOGRAFÍA: Sebastià Brosa
DISEÑO DE ILUMINACIÓN Y SONIDO: Rubèn Taltavull
VESTUARIO: Georgina Latre
TÉCNICO DE ILUMINACIÓN: Andriy Kravchyk
FOTOGRAFÍA: Ainhoa Gomà
DISEÑO DEL CARTEL: Magda Puig
PRODUCCIÓN EJECUTIVA: Cristina Ferrer
PRODUCCIÓN: Batalla Teatre
ESTRENO: 3 de abril en Versus Teatre (Barcelona)

Post postum. A propósito de comedias y terrores: el mes pasado, Javier Meléndez (autor del blog de guión La solución elegante) publicó un interesantísimo artículo en Yorokobu sobre los diferentes tiempos de cocción del terror y la comedia. Como ejemplo de esta última, usó un chiste de las Tostadas quemadas, la cual cosa me llena de orgullo y satisfacción. Aquí está el artículo (ya lo había enlazado dos frases antes, pero por si acaso).

14.3.14

Reacción en cadena




El 14 de marzo de 2013, un tuit iluso desencadenó una cadena (valga la redundancia) de respuestas y un diálogo con Dramatwiturgo que desembocaría en la preproducción mexicana de Los últimos días de Clark K. Un montaje, con dirección de Xavier Villanova, que se estrenará el 26 de mayo de 2014 en el Teatro Helénico de México DF.



El 14 de marzo de 2014 (hoy), se estrena la segunda temporada peruana de Los últimos días de Clark K., dirigida de nuevo por Alexander Pacheco. Esta vez, en el Centro Cultural Ricardo Palma de Lima.

Superagradecido. Superemocionado.

Cartel de la producción mexicana diseñado por Johnatan Molina Arroyo, con fotografía de Gael Hiriart.

30.1.14

Sólo un cartel (y tres teasers)



Hoy estrenamos Només un anunci. Otra vez. Esta vez en la SALAFlyHard (hasta el 17 de febrero). Donde empezó todo.







Os espero. A todos. ¿A todos? Bueno, a todos no. Sólo (pero no sólo) a los que vivís en Barcelona. Capital y provincia. En serio. Puedo rastrear vuestras direcciones IP. No, es broma. Escribo frases cortas por los nervios. Que no tengo. No estoy nervioso. Si estuviera nervioso escribiría frases más largas que un día sin pan, aunque "un día sin pan" no es una frase larga y a duras penas (que con pan son menos) es una frase.

Cartel de Íñigo Aranburu
Vídeos de Roser Blanch.

30.12.13

Este año ha dado mucho de sí (y de mí)

En 2013 he estrenado tres obras de teatro: Pau I el Conqueridor (en Girona), Pep Talk (Dublín, Nueva York y Esparreguera) y Només un anunci (Esparreguera). Se ha hecho el montaje catalán de una pieza de microteatro: Yayoflautas lejanos. He colaborado en I love TV. También tuve algo que ver con Desig Jam, felizmente reestrenada. Se ha leído La padrina, un texto breve. Y en Lima ha resucitado Los últimos días de Clark K. (con los premios de El Oficio Crítico a mejor actor y actriz de comedia, más dos nominaciones a mejor director y comedia).

El año que viene será mejor.