De acuerdo, Woody Allen dijo que la cinta (otra palabra que les encanta a los periodistas) iba a ser "una carta de amor a Barcelona". Pero, claro, lo dijo bajo coacción: a ver quién es el guapo que se pone a afirmar delante de trescientos políticos que él, en realidad, lo que pretende con su película es declararse a Los Ángeles; lo habrían mandado derechito a la plaza dels Àngels.
Los westerns de Sergio Leone estaban rodados en Almería, pero transcurrían en el Lejano Oeste. George Lucas rodó algún plano de El ataque de los clones en Sevilla, pero la acción tenía lugar en un ídem muy, muy lejano. Y El perfume se rodó en Barcelona, pero la historia se desarrollaba en París y alrededores.
De hecho, algo me dice que el cineasta neoyorquino (lo pongo para no volver a repetir "Woody Allen") va a rodar algunos planos en el barrio de Gràcia, cuna de la risa catalana. Quizás alguna de las escenas vaya a estar ambientada en un restaurante libanés, o en la cola de un cine de esos que proyectan filmes europeos en versión original mientras dos personajes discuten por culpa de McLuhan. En cualquier caso, la cosa no estará sucediendo en Barcelona.